domingo, 5 de agosto de 2012

Un circulo brillante

Por martín Bracamonte

Ellos no habían aprendido el nombre del último imperio que habían conquistado, cuando decidieron hacerse nuevamente al mar, enterados de que en una de las islas del oriente existía una fabulosa isla llena de oro y especias, habitada por pueblos semi-salvajes. En esa parte de la tierra, se decía, la naturaleza había sido particularmente generosa; sin embargo sus habitantes no lo eran, y devoraban (o entregaban en sacrificio a sus dioses) a quien tuviera la osadía de poner pie sobre aquella tierra. Ellos eligieron desechar todos los rumores que hablaban de caníbales y de dragones, y en cambio sí escuchar atentamente cada historia fabulosa sobre montañas de oro y ríos nacidos en el Paraíso. Por el oro, más que nada, embarcaron, decididos a colonizar, cuando aquello tan extraño ocurrió. La calma chicha.

Porque extraña había sido la calma chicha, primero, y después la aparición de ese enorme círculo brillante flotando sobre ellos. Nunca habían visto nada igual. Todos, pero absolutamente todos, desde el grumete de quince años hasta el capitán (especialmente el capitán) se llenaron de inquietud y de miedo. La nave (porque eso era, una nave) permanecía quieta, proyectando su sombra oval sobre el barco; de noche se iluminaba como se iluminan las fragatas en año nuevo, con fuegos artificiales, pero la luz que se encendía era una luz extrañísima y quieta, sin humo. ¿Cómo la tripulación supo que era una nave? Eso fue algo que se los dijo el propio capitán, y aquí vamos a contar algo mucho más extraordinario todavía.

El capitán y uno de los marineros (el grumete de quince años) recibían en sueños indicaciones desde el interior del enorme círculo. Los sueños de uno y de otro coincidían. Quien estuviera al mando de aquella extraña aparición tenía que ser un mago, sino no se explicaba cómo podía hablar directamente a las mentes de dos personas diferentes y por qué sucedía aquella calma chicha. Al principio, supieron cosas en sueños y nadie les creyó. Algunos pensaron que se habían vuelto locos, ambos, grumete y capitán. Otros, que estaban conspirando, pero aquello no tenía sentido. La tripulación estaba formada por decenas de marineros y los que soñaban y recibían información desde la nave voladora eran solamente dos. Aún así, hubo desconfianza, pero la mayoría se resignó a escuchar atentamente a los que recibían en sueños información que podía ser valiosa.

Los invasores pronto se dieron cuenta de que los marineros iban a usar aquella información, ya no cómo órdenes de una inteligencia superior, sino como una forma de conocer sus puntos débiles. Los navegantes, acostumbrados como estaban a hacerse pasar por dioses ante a sociedades semi-salvajes, estaban prevenidos de los juegos de la mente que suelen utilizar los colonizadores. Fue entonces cuando los tripulantes de la nave voladora se volvieron violentos. Una columna de fuego salió despedida del centro del círculo y, literalmente, convirtió al barco en un engrudo de polvo, madera carbonizada y agua de mar. Solo dos marineros fueron raptados por un misteriosísimo imán, que los atrajo hasta el interior del enorme disco flotante, y sobrevivieron. Uno fue el grumete y el otro el capitán.

Despertaron dentro de la maquina misteriosa, abriendo los ojos lentamente, viendo cada relieve inédito de aquella tecnología que para ellos ahora sí se les antojaba propia de dioses, o de ángeles. Ahí fue donde ellos vieron por primera vez a los invasores. Eran tres. Tenían una naturaleza imposible, quizá menos imposible que el don de provocar la calma chicha, o de provocar la traición y el miedo hablando a través de los sueños, pero aún así, extraña. Ninguno de ellos se parecía a nada que el marinero o el capitán hubiesen visto nunca.

Fue el capitán el que le habló a aquellos extrañísimos seres. Si hubiera que describirlos, habría que decir que eran parecidísimos a monos de los que existen en la selvas de los continentes tropicales, aunque muchísimo más altos, desprovistos de pelo y envueltos en trajes de colores metalizados y con llaves de presión. Como les digo, el capitán les habló a aquellos serés. Se alejó un paso del grumete y les dijo:

— ¿Quiénes son? ¿Qué quieren?

El que parecía ser el lider respondió. Ya no les estaba hablando directamente a sus mentes, sino que lo hizo moviendo los labios y en el idioma de los dos marineros:

— Saludos. Ustedes han luchado dentro de sus mentes, hasta el último aliento. Valoramos eso. Somos humanos. Pertenecemos a la raza humana. Alguna vez fuimos como ustedes y buscamos colonizar otros pueblos, a veces buscando esclavos, otras especias, principalmente oro... Siempre hemos colonizado. Ahora lo hacemos a través de las estrellas. Ustedes creen que su sol es el que gira alrededor de su mundo. No es así. Todos los mundos lo hacen alrededor de cada sol...

— ¡Blasfemia! ¡Decápoda no gira alrededor del sol!

— ... Hay muchísimas cosas que a ustedes todavía les queda por aprender. Ojalá que aprendan rápido. Mi nombre es John Smith y represento al Imperio de la Humanidad. Hoy, tras haber derrotado al galeón "Tentaculea", tomamos posesión del planeta Decápoda, situado en uno de los brazos de la galaxia Próxima Centauri. Quedán colonizados. Bienvenidos al Imperio de la Humanidad.

Tal vez John Smith no debió haber usado la palabra "colonizados". Cuando el astronauta extendió su mano (lo que para los decápodos era una horrorosa especie de tentáculo, con cinco puntas huesudas), el capitán de la "Tentaculea", en cambio, no le dio su tentáculo. Se acurrucó en una de las esquinas de la nave espacial y enjugó cada uno de sus ocho ojos. Jamás había llorado tanto desde que era una larva. No le gustaba ser "colonizado", porque los decápodos siempre habían sido colonizadores, y siempre habían ido más allá, buscando montañas de oro y ríos nacidos en el paraíso. No demasiado lejos, el grumete también lloraba, aunque no tanto.

martinbracamonte1987@hotmail.com

jurabildo.blogspot.com

Me llamo Martín Ezequiel Bracamonte. Nací el 19 de marzo de 1987 en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Soy periodista y quiero ser escritor. Trabajé en las redacciones de dos revistas masculinas: Maxim (Ed. Televisa) y Hombre (Ed. Perfil), entre los años 2008 y 2012. Pero mi laburo no dice nada acerca mío. Me gusta leer, escuchar música y andar en bicicleta. Y hacer muñecos de papel.

DESTRUCTOR BRACAMONTE

"Martín Rivas y los Tigres de Bengala" en Crónica TV